miércoles, 3 de agosto de 2016

Un cuento: "El genio de Port Lligat"




El genio de Port Lligat,
publicado en el libro Azul nocturno.

Era el principio del verano. El aroma derivado de la mezcla de rosas y jazmines se extendía en oleadas con la suave brisa de junio, y algunas abejas, ebrias bajo el efecto de tan intensos y cálidos olores, rumoreaban en torno a mí con una presunción provocadora. Hacía un día espléndido, de esos días en que una luz macerada y singular lo envuelve todo. Arriba, en lo alto, un cielo libre de nubes presentaba un aspecto limpio, nada vulgar. Y abajo, como en un plano contrapuesto, la inmensidad del mar resplandecía con el ímpetu de una hoguera afanosa que insiste en sí misma hasta devorarse.
Estaba a punto de entrar en el hotel, cargado con una bandeja repleta de copas vacías, cuando alguien, desde atrás, me echó el alto. Me detuve al instante, giré ciento ochenta grados sobre mí mismo, de modo que quedé orientado de frente al sol, y apenas pude vislumbrar a lo lejos una silueta vaporosa que se iba acercando. La silueta, algo más enfocada, me lanzó una pregunta antes incluso de llegar. Y, pasados varios segundos, la guapa mujer francesa, plantada ya a solo un palmo de mi nariz, esperaba una respuesta por mi parte.
Me tapé la boca con la mano libre fingiendo que iba a toser, y el gesto provocó que ella se echara hacia atrás otro palmo al menos.
–Disculpe… ¿Ha dicho Dalí?
–Eso he dicho. Dalí.
–Ya…
–Salvador Dalí, el pintor.
–Entiendo…
La mujer sonrió impaciente.
–¿Sabe dónde se encuentra el señor Dalí? –insistió.
–Eh… No. Lo lamento. No conozco a nadie que pinte por aquí, y menos con ese nombre. ¿Está usted segura de que la han informado correctamente?
–Estoy segura, sí. Vengo desde Francia solo para conocer al señor Dalí. En mi país está considerado un artista ilustre, no comprendo cómo en el suyo ni siquiera se le conoce. Su obra pictórica es innovadora, sorprendente, digna del mejor elogio.
–Desde luego. No lo dudo. Pero, como ya le he dicho, no puedo ayudarle con esto. Quizás si desea otra cosa…
La mujer suspiró con pereza y se abrió paso por mi lado.
–Disculpe.
–Suerte, y que tenga un buen día.
La observé mientras se alejaba. Tamaño medio. Elegante. Su cuerpo iba enfundado en un vestido blanco y corto, de vuelo ancho, sin mangas. Tenía las piernas bonitas y morenas, los gemelos marcados. El pelo, rubio, recogido con distinción detrás de su cabeza. Desapareció por la puerta principal del hotel, y su ausencia dejó en la mañana un vacío amargo.

Por la tarde, al salir del trabajo, fui con los muchachos a la cala. Habíamos cogido esa costumbre desde hacía al menos un mes; es decir, desde casi el inicio del período vacacional. Llegamos todos a la costa catalana, al Hotel Port Lligat, con un contrato bajo el brazo y desde diferentes puntos de la geografía española. Jóvenes e intrépidos, muy similares en cuestión de entender la vida como un juego de azar emocionante, hicimos pronto buenas migas. El grupo, como digo, estaba formado por unos cuantos valientes que, alejados del hogar familiar, buscábamos en la costa un mejor porvenir para nosotros y nuestras familias. De entre toda la plantilla, al que más y mejor recuerdo es a un chico andaluz, un mocetón sonriente, alto y moreno, de tez curtida, mirada cándida y conversación amable, que se hacía llamar por su apellido: Olivares. Diego Olivares, auténtico juerguista profesional, animador incansable y seductor nato. Fuimos muy amigos durante aquel verano y luego nunca más supe de él. Pero así es la vida, llena de situaciones dispares e irrepetibles, giros y sorpresas, que hacen de cada ciclo una aventura singular. Por eso las cosas están bien tal y como están; quiero decir que la vida, como una película para el actor que somos, está compuesta de secuencias, y que hay que representar a conciencia cada una de ellas para así lograr, en conjunto, un ameno y variado largometraje. La gente se empeña en revivir situaciones que añora de su pasado, pero ya nunca es lo mismo, no lo es, y, además, el intento estropea siempre el recuerdo de lo anterior.
Decía, en todo caso, que aquella tarde había ido con los muchachos a la cala. El sol de puesta, visiblemente inclinado sobre la línea del horizonte, dejaba en la orilla del agua una luz copiosa y melancólica que doraba los cuerpos exuberantes de dos jóvenes bellezas, las cuales, a esa hora, yacían tumbadas sobre sus toallas. Sentado, me demoré un instante contemplando la luz madura sobre la tórrida piel femenina. Olivares, que jugaba con otros a darle patadas a un balón, se percató de ello y vino en seguida hasta mí. Se sentó sonriente.
–Marcela y Georgina, son los nombres de esos dos ángeles iluminados –aseguró.
–¿Italianas? –pregunté.
–De Parma, concretamente –dijo asintiendo también con su cabeza–. ¿Has estado por allí?
–¿En Parma?
–No. Quiero decir en Italia.
–Ah, pues no. Nunca.
–¿No? Pues, verás, en Italia no todas las mujeres son como ellas. De hecho, yo diría que son únicas.
–¿En serio?
–Ya lo creo. La mujer italiana está sobrevalorada; por contra, Andalucía tiene las mejores. En mi tierra hay más ángeles iluminados que en cualquier otra parte del mundo –añadió orgulloso–, aunque admito que Marcela y Georgina están a su altura.
–¿Sabes si se hospedan en nuestro hotel?
Asintió.
–Por todo lo que resta de verano –dijo–. Pero, además, tengo la impresión de que deben de ser las únicas turistas que no han venido a Port Lligat con el ánimo de conocer a Dalí, y eso, compañero, es un claro aviso a navegantes.
Otra vez ese nombre, pensé. Y apartando por un momento el tema –no la mirada ni el deseo– de esos dos ángeles cuyos cuerpos divinos yacían sobre un lecho terrenal, le dije a mi amigo:
–Qué curioso… Esta mañana alguien me preguntó por ese tal Dalí y yo no supe responderle. ¿Quién es?
Olivares me miró sorprendido.
–¿Insinúas que no conoces a Dalí?
–No lo insinúo; lo afirmo. No sé quién es –confesé. Y, haciendo un ejercicio de memoria, añadí–: Ese alguien se refirió a él como un artista ilustre que debe de andar por esta zona…
–Tío, parece que hubieras estado encerrado en una cárcel todo este tiempo. Ese lugar del que vienes, Las Hurdes, no será una cárcel ¿verdad? Confiesa, ¿eres un preso que se ha fugado aprovechando un permiso de libertad para unas horas?
Lo miré con dureza.
Inmediatamente, él se apresuró a arreglarlo:
–Muy bien. De acuerdo. No quisiera que Don Sensible se me enfadara ahora –aclaró en tono cómico–. Veamos –añadió buscando algo con la mirada–, ¿conoces aquella casa blanca del paseo, esa tan estrafalaria, la que está distribuida a distintos niveles?
–Claro, la conozco.
–Bien. Pues es la casa de Salvador Dalí, y en ella vive con Gala.
–¿Gala?
–Sí. Como él mismo dice: “Mi talatiew, mi tesoro, mi peso en oro” –recitó burlón.
Durante una hora larga, Olivares me puso al corriente de todo lo relacionado con Salvador Dalí, Gala y la casa de ambos. Al terminar, el sol caía por detrás del horizonte. Me quedé un rato ensimismado, pensando en las palabras de Olivares, rumiando toda aquella información mientras veía anochecer sobre los cuerpos ya un poco oscurecidos de aquellas dos muchachas italianas. De pronto, mi amigo se puso en pie y, decidido, sin hacer ningún comentario, se fue hacia ellas. Lo vi agacharse y quedarse en cuclillas a su lado. Sonreía y hablaba. También las muchachas sonreían y hablaban. Los tres parecían encontrarse cómodos en la conversación. Admiré la valentía de mi amigo, su atrevimiento. Yo hubiera sido incapaz de acercarme así –digamos, sin la excusa de un encuentro más casual–, de hablar y sonreír con la serenidad y el temple con que él lo estaba haciendo. Pasados varios minutos, Olivares señaló con su mano el lugar en donde yo me hallaba. Y las muchachas, alzando al aire sus brazos, me hicieron efusivos gestos para que fuera a reunirme con ellos.

Pasaron los días. En el hotel no quedaba ya ni una sola habitación libre, todas estaban ocupadas por turistas extranjeros, los cuales, en su mayoría, resultaban ser fieles seguidores de Dalí que habían llegado a la bahía de Port Lligat con el deseo expreso de conocerle. Olivares, que llevaba cuatro temporadas seguidas trabajando allí, me confesó que aquella situación era algo normal que ocurría año tras año. No tardé mucho en familiarizarme con la silueta del pintor de Figueras, recortada en la luz de amanecida contra el amplio cielo dispuesto, pues cada mañana gustaba de salir temprano a dar una vuelta en barca. La escena era como sigue: mientras que el remero golpeaba con temple las tranquilas aguas del mar, batiendo una y otra vez su tibia espuma, Dalí, sentado a proa, muy erguida la espalda, bien alzada la mano que sujeta el bastón, despedía su voz al viento con gritos de “¡Eureka! ¡Eureka! ¡Qué hermoso rinoceronte, el mar! ¡Y qué estimulante huevo frito, el sol!”.

Las mañanas las dedicábamos enteras al trabajo en el hotel, pero las tardes nos ofrecían algunas horas de descanso, y era entonces cuando dábamos largos paseos por la bahía o disfrutábamos del mar en la pequeña cala de la que antes he hablado. A menudo nos encontrábamos allí con Marcela y Georgina, ambas semidesnudas y chorreantes de luz, perfumadas de brisa y salpicadas de espuma, hermosas, como un medio relieve esculpido por algún maestro renacentista en la superficie de piedra. Habíamos trabado con ellas una buena amistad y, por tanto, con el derecho que eso nos daba, mi amigo y yo solíamos tener su compañía hasta caer la noche. Me parecía curioso que, a pesar de su exultante belleza, no nos resultara difícil mantener con ellas cualquier conversación; las palabras y las risas fluían, los gestos obraban con naturalidad, e, incluso, cuando era el silencio el que hacía acto de presencia, las miradas saltaban de unos ojos a otros con gran alborozo y un ligero atisbo de pasión. En ocasiones, Olivares y yo boxeábamos, nos batíamos con los puños en un duelo simulado, buscando toda perfección en nuestros movimientos, empleando la estrategia para sorprender, lanzando series completas de golpes cuidadosamente medidos, y provocando el KO, de tanta risa y admiración, en las dos muchachas italianas. Recuerdo que al principio nuestras charlas se daban siempre en la cala y nunca en el hotel, más que nada por respeto a nuestro puesto de trabajo. También, todo sea dicho, por temor a perderlo. Es por eso por lo que si coincidíamos con ellas en cualquiera de las zonas del hotel, intercambiábamos un saludo, un gesto contenido o una mueca alegre, y poco más. Después, poco a poco, y como por inercia, ese respeto dejó de ser importante. Y, si bien es cierto que no tanto Olivares como yo, se nos podía ver con cierta facilidad, a cualquier hora del día, en cualquier rincón, corredor o sala, hablando y riendo en compañía de ese par de ángeles embaucadores.

El hotel se llenó de periodistas una mañana a finales de junio. Periodistas de innumerables nacionalidades, aunque abundaban los franceses. Dalí iba a ofrecer a media mañana una de sus famosas intervius, y el concurrido público que reinaba en la sala –elegida por él mismo para tal fin– era poco menos que sobrecogedor de tanta cámara fotográfica y tanto deseo de preguntar. El pintor, haciendo uso de la más elevada arrogancia, pidió que colocaran unos enormes brazos de hierro detrás de su asiento. Quería causar un fuerte impacto y no se le ocurrió otra forma más original para lograrlo. No obstante, habiéndolo observado a diario durante casi un mes, intuyo que podía haber sido mucho peor. “Rarezas de genio”, aseguraban algunos para justificar cada numerito o salida de tono, y sin dejar de mostrar por ello un respeto absoluto hacia su autor. Esa mañana, el director del hotel, Señor Barberá, me confesó en persona que se sentía profundamente cabreado con Dalí. Al parecer, el gran genio del surrealismo pictórico en Europa era un moroso de cuidado. No pagaba nada: ni los almuerzos, ni los espacios requeridos para todo tipo de actos, ni las habitaciones alquiladas…
–¿Habitaciones alquiladas? –le pregunté extrañado.
–Sí –me respondió él–, tiene por norma alquilar una habitación cada quince días.
–¿Cómo es posible? ¿Para qué quiere Dalí alquilar una habitación de hotel si tiene su casa a tan solo unos metros?
–La quiere para Gala.
–¿Cómo dice?
–Todavía no conoces a Dalí –sentenció–. Él ama mucho a Gala. Mucho. Es su musa y su inspiración. Tanto es así que cada quince días le proporciona una habitación de hotel y un chico, preferentemente joven y fornido, para que los disfrute un rato. No sé si me entiendes…
No podía creer lo que estaba oyendo.
–¿Ha dicho un chico?
El Señor Barberá asintió.
–A veces dos, incluso. Piensa que a Dalí le interesa tener contenta a Gala. Para él, que es un hombre desorganizado y polémico, Gala ejerce un influjo parecido al de un faro en mitad de la noche. Y un faro sin luz no sirve de nada, ¿verdad?
–Y la habitación es…
–Entenderás que Gala no retoce con otros hombres en la propia casa del artista –atajó–. Dalí no lo toleraría.
–Ya –asentí confuso.
El Señor Barberá prestó atención al pintor, que aún permanecía sentado en su butaca, hierático, inexpresivo, rodeado de una nube de fotógrafos y periodistas, los cuales le lanzaban sus preguntas casi sin pararse a respirar.
–Después de todo es más que probable que Dalí no sirva para ejercer de farero –me dijo relajado–. Él vive en exclusiva para el arte, y necesita una Gala pletórica que cumpla a la perfección con su cometido. Nosotros no entramos en esas cosas. Está bien así.
–Pero, ¿y la habitación? ¿Y el dinero que le debe?
–Sí, eso es cierto, como ya te he dicho me debe mucho dinero. No obstante, gracias a su fama nuestro hotel se llena a diario de clientes que lo buscan. No sé por qué me quejo tanto de este hombre, la verdad. Debería pensar más las cosas antes de animarme a airearlas. En realidad podría decirse que paga a su manera, cuando trae por aquí algún boceto o algún pequeño cuadro de su creación. Los tengo todos archivados.
–¿Podría verlos?
–Claro, no me importa. Pero ahora tengo trabajo –aseguró mientras echaba a andar–. Imagino que tú también.
Lo vi alejarse pensativo.

Llegó el mes de julio, y con él las tardes rojas e interminables. La bahía relumbraba espléndida en las últimas horas del día. Después, la noche borraba las formas comunes de los objetos y los jóvenes bebíamos cerveza y licores sentados en el suelo empedrado de la cala, y cantábamos baladas y bailábamos lento, y alguien se atrevía a contarnos algún relato de terror de esos que te hacen pensar y te dejan una desazón profunda en las entrañas del pecho. A menudo, Olivares rechazaba la idea de venir con nosotros alegando tener cosas más importantes que hacer, y yo no entendía qué podía haber más importante que la cala y la cerveza y las canciones lentas y los juegos con Marcela y Georgina y la envidia de todos los otros. A mí esos desplantes suyos me hacían sentir mal, y era aún peor cuando apreciaba en Marcela y en Georgina un desmedido interés por la ausencia de mi amigo. Finalmente descubrí la ocupación de Olivares, que no era otra que la de gastar tiempo y esfuerzo en rondar a una atractiva mujer francesa; la misma que hacía varias semanas me había abordado en la entrada del hotel para preguntarme si sabía dónde se encontraba Dalí. Lo cierto es que ella no le prestaba demasiada atención a él, pues su mirada y sus ojos solo hacían descanso en la imagen esquiva del pintor y en nadie más. De manera que se daba –casi– un círculo curioso: yo me desvivía por Marcela y Georgina, ellas por Olivares, él por la guapa mujer francesa, ella por Dalí, y él por su propia creación artística y, por supuesto, por Gala. Para quedar completo el círculo solo faltaba que Gala hubiera deseado meterse en la cama conmigo, lo cual, según la información obtenida a través del Señor Barberá, no era algo tan descabellado como quizá podría parecer.

Una tarde de mediados de agosto, Olivares y yo nos encontrábamos reunidos con Marcela y Georgina en el vestíbulo del hotel. Estábamos a punto de acabar nuestro turno de trabajo y planeábamos los cuatro dar un paseo hacia el norte de la bahía, cuando entró por la puerta un atareado Dalí, que no dudó en mostrarse altivo y socarrón en cuanto vio a las dos jóvenes italianas, más maravillosas si cabe ese día. Se dirigió a ellas, pasando por delante de nosotros sin mediar palabra, como dando a entender que allí él era el macho dominante, el único que merecía la atención de las mujeres. Y cuando estuvo a su altura, sin llegar a detenerse y con una actitud superior, como de dios que anda por la tierra, le dio a Georgina un ligero golpe en el pecho con el reverso de su mano, y le dijo con desaire:
–Después me ves.
Fue así de áspero y de grosero, un mensaje arrogante y machista enviado no solo a ella sino a todos los que estábamos en el vestíbulo. En especial a Olivares y a mí, claro está. Las chicas estuvieron riéndose un buen rato sin querer darle mayor importancia al hecho, pues pensaban que aquello había sido un acto inequívoco de anunciada demencia senil por parte de un tipejo vulgar; pero a nosotros nos tocó el orgullo, y de qué manera.

Cierto día, ya a finales de mes, Olivares pidió libre la mañana. Cuando le pregunté para qué quería librar, me respondió sonriente:
–Voy a hacer la mayor obra de arte que jamás nadie ha hecho en este sitio.
Le insistí mucho para que me aclarara aquello, pero él, haciéndose el interesante, me pidió que fuera paciente y que estuviera atento a lo que iba a suceder. Así, pues, me encogí de hombros y lo dejé tranquilo.
Un par de horas más tarde, recibí la orden de llevar un desayuno completo para tres personas a la habitación 210. Me dirigí hacia allí con un carrito bien servido de alimentos y llamé a la puerta antes de entrar. La voz de una mujer me dio el permiso para hacerlo. Giré el pomo y empujé la puerta. Aquella era una de las cuatro suites del hotel, una estancia bastante más amplia que el resto, con una cama enorme, un vestidor, un jacuzzi en el cuarto de baño y una terraza con vistas al mar. En su interior, tres personas me observaban desde la cama, estaban desnudas y una sábana blanca apenas les cubría sus partes íntimas. En seguida entendí que ninguna de las tres sentía el menor pudor por mostrarse así; todo lo contrario, parecían estar emocionadas con mi presencia. Me vino de pronto un calor abrumador al percatarme de la escena real: Gala, visiblemente exhausta y satisfecha, se acurrucaba entre los brazos de dos jóvenes y fornidos hombres. Por su aspecto –el de ellos– supuse que serían franceses. El aire denso, casi vaporoso de la habitación, olía a coito. Sentí ganas de vomitar, pero aguanté la angustia y conseguí relajarme. Gala me indicó que dejara el carrito a su izquierda, en el espacio que mediaba entre la enorme cama y la terraza. Allá que fui tratando de no mirarlos ni por un momento, pues mi vergüenza era mayúscula y su indiferencia cruel. La moqueta estaba impecablemente limpia, parecía nueva. Y afuera, el mar se extendía ondulado, como una sábana azul expuesta al aire de la mañana. Pude ver entonces algo que llamó mi atención y que apartó de golpe todo el pudor que yo sentía. Sin pensármelo demasiado, e ignorando a los tres que me observaban, solté allí mismo el carrito, abrí la puerta de la terraza y salí al exterior: la dulce brisa marina acarició con suavidad mi rostro y se arremolinó en mi pelo, y el intenso olor a sal me inundó de golpe los pulmones. Apoyé las manos en la baranda y observé atento la escena tan curiosa que se estaba dando abajo: Dalí, sentado a proa en su barca, muy erguida la espalda, alzada la mano que sujeta el bastón, lanzaba su voz al viento con gritos de “¡Eureka! ¡Eureka! ¡Qué hermoso rinoceronte, el mar! ¡Y qué estimulante huevo frito, el sol!” no demasiado lejos de la orilla, mientras que tres jóvenes aguardaban ocultos tras un pequeño bote varado en tierra. Eran Olivares, Marcela y Georgina. Yo no entendía nada. Estaban los tres allí, escondidos, como al acecho y observando atentamente la barca del pintor que se acercaba más y más a la orilla. Cuando el remero obró con evidente maestría para no encallar, tomando la dirección de mar adentro, sucedió algo prodigioso: Dalí entonaba de nuevo a voz en grito sus extravagantes frases, y a la de “¡Y qué estimulante huevo frito, el sol!” Olivares salió de su escondrijo con algo en las manos y lo arrojó con furia hacia la barca. Falló la primera lanzada, pero dio de lleno a la segunda ante el asombro del remero. El rostro de Dalí, el genio de Port Lligat, quedó en parte cubierto con la yema aplastada de un huevo crudo, mientras que una baba densa y brillante le resbalaba por el mentón de camino a su cuello. Mi amigo volvió veloz a su escondrijo detrás del bote, riendo a carcajada limpia, al igual que Marcela y Georgina. En cuanto a Dalí, lejos de montar en cólera, actuó de forma inesperada: con toda aquella plasta cubriéndole la mitad de su rostro, alzó expresivo, desorbitado y ridículo, su mirada y sus brazos al cielo, para gritar: “¡Milagro! ¡Milagro! ¡Ha obrado un milagro!”.

El día en que la mayoría de nosotros –jóvenes empleados del hotel– cumplíamos contrato, viéndonos obligados a regresar a casa a la mañana siguiente, bajamos a la cala por la noche. No faltó nadie. Ni siquiera Olivares, que varios días atrás se había despedido de su francesa sin conseguir lo deseado. Prendimos fuego a una hoguera majestuosa, y todos nos reunimos a su alrededor. Me quedé un rato admirando los espectros de luz dibujados por la llama, el temblor del fuego irradiaba un calor recordado de mis inviernos en Casares de Las Hurdes. Pronto estaría allí de nuevo, lejos, muy lejos del mar, recogido entre las pródigas montañas y el continuo murmullo del arroyo, oliendo el aroma de los huertos, escuchando el canto trenzado del pinzón… Aparté mis ojos del fuego. La noche había dispuesto un manto limpio y azul, moteado de estrellas. El gran círculo lunar se erguía sobre la línea del horizonte, como el salto de una ballena blanca, y vertía un haz de luz que separaba las aguas en dos mitades exactas. El mar bullía sereno, como el pulmón de un hombre que se ha entregado a su descanso. Respiré hondo, pleno de dicha, consciente de tan apacible momento, y sentí la sangre tibia recorrer con ansia mi cuerpo. Olivares vino a sentarse junto a mí y me ofreció un trago. Sonreí antes de beber. Marcela y Georgina nos miraban, insinuantes y dispuestas, desde el otro lado del fuego, a través de las llamas: parecían dos hermosos demonios abriéndonos de par en par las puertas del infierno.